Una nota sobre el derecho a morir dignamente

Hoy me he encontrado en la situación de tener que escribir una crónica sobre la muerte, este pasado sábado, de una mujer ‘joven, lista, guapa, en la flor de la vida’ por una dosis, letal y voluntaria, de barbitúricos.

A principios del presente año -apenas un año después de casarse con su novio- le diagnosticaron un glioblastoma en estadio 4. Mortal de necesidad. Seis meses de vida es todo lo que los médicos le dieron.

Decidió mudarse de Estado en la unión y buscar refugio en uno que amparara legalmente su decisión de terminar con su vida -y, con ella, el enorme y creciente sufrimiento en que ésta se había transformado- en sus propios términos. No tuvo que abandonar la costa oeste: no hay Ley por una Muerte Digna en California, sí en el vecino Oregon*.

El caso de la chica es indiscutible. Imposible, para mí, imaginar cómo llevarle la contraria. Es su cuerpo, su vida, su decisión.

La novedad para mí ha sido leer en cierta profundidad los argumentos de los que se oponen a la campaña mediática y a la presión política que se ha levantado alrededor del caso y que está encaminada a introducir -o intentar introducir, no lo veo claro en este país, muchas religiones se opondrán- legislación que proteja la Muerte Digna o el Suicidio Asistido. Digo que me ha sorprendido aprender que los grupos que se oponen, no lo hacen por esta mujer o por casos de análogos de otros pacientes. Lo hacen -dicen- porque una vez se establece el antecedente legal -que sancione la asistencia a una muerte voluntaria- para un caso tan claro como éste, luego pasará a usarse en casos menos claros -como los de severa depresión, aunque no citan qué casos se han dado de este tipo y no he tenido el tiempo de buscarlos-.

Es un argumento que comprendo, aunque no comparto. Como la primera vez que entendí por qué un buen amigo se oponía acérrimamente al aborto en contra de mis mejores datos y argumentos. Qué complejo es el mundo. Joder.

*Por cierto, este verano tuve la enorme suerte de pasar una hora conversando con el Presidente de Honor de la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, el filósofo Salvador Pániker. Una delicia. Aunque no hablamos entonces de ello para la cámara, aquí hay un fragmento de aquella entrevista.

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2 thoughts on “Una nota sobre el derecho a morir dignamente

  1. Hola Luis

    Me gustaría llevar el debate filosófico un poco más allá y plantear la siguiente situación. Entiendo que como personas de ciencia no profesamos religión alguna en general o no al menos como para determinar nuestro pensamiento y comportamiento. Comparto tb esa posición que manifiestas de que nuestros cuerpos y nuestras decisiones son personales e intransferibles. Entiendo tb que la prohibición por parte del Estado de cualquier tipo de suicidio, no sólo el asistido, deriva de la fuerte influencia de las religiones (en nuestro caso, la católica) en el pasado inmediato, incluso en el presente, aunque se presente como impulsado por el “sentido común”.
    A partir de estas premisas planteo:
    Si una persona en pleno uso de sus facultades físicas y mentales toma la decisión de que no quiere vivir más, ¿no debería tener el mismo derecho que un paciente terminal a una muerte en unas condiciones mínimas que eviten situaciones desagradables o violentas?. Incluso, un término medio, una persona discapacitada con una limitación media.
    Sé que puede sonar estúpido, nadie en condiciones normales desea el suicidio ya que va contra el instinto de supervivencia. pero es que no me interesa tanto la plasmación práctica de ese derecho como su génesis y carga filosófica e ideológica.
    Si alguien decide que quiere morir (y hemos quedado un poco más arriba que es una decisión personal e intransferible, ¿tiene derecho el Estado o la sociedad, aunque sea una mayoría a imponer la vida (cuando mayoritariamente se mueven por convicciones religiosas que no se profesan si se es ateo?, ¿tienen derecho a cercenar esa decisión personal?.
    Evidentemente estoy a favor del suicidio asistido a enfermos terminales o discapacitados totales, no por el dolor y los sufrimientos absurdos que conlleva, si no porque debe ser un derecho individual innegociable que cada uno sea dueño de su vida. El dolor y el sufrimiento me sirve para empetixar con quien lo sufre y para entender la decisión de poner fin a su vida. Ese derecho no puede derivar de situaciones que en unos casos podríamos considerar objetivas y en otros nos sería difícil acordar donde se ajusta a derecho y donde no, dada la subjetividad que eso implica. Ese derecho debe derivar de la libertad individual de decidir sobre tu vida.
    Por acabar, no es que desee una campaña pública de suicidios, simplemente he adaptado a mi manera (como Sinatra) la idea de Naomí Klein sobre la teoría del shock: las clases dominantes primero presentan medidas máximas, extremas para que luego las medidas inaceptables parezcan menos males y se acepten sin protestas.

  2. Me parece muy interesante lo que dices y cómo lo dices. Estoy de acuerdo en que es tu cuerpo, tu decisión. La duda que planteaban los opositores, dejando de lado el tema religioso, es si será ético asistir en el suicidio a alguien que, por ejemplo, está atravesando una depresión clínica. Es una situación extremadamente compleja para la que no tengo una respuesta clara. Brittany, es un caso de blanco o negro. Yo lo veo claro, es su decisión. Alguien con depresión clínica, no lo sé. Quiero decir que es su decisión pero no sé si sería ético [quién decide quién decide? Es un problema de regresión al origen, supongo]. Tendremos que hacer un Hangout con expertos en ética que nos ayuden a explorar las diferentes posturas y situaciones posibles.

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