Una historia con ciencia // 08 horas, 30 minutos

Hoy salgo de casa en dirección a una entrevista de trabajo. Espero llegar a tiempo porque es en una zona de la ciudad que no conozco nada bien.

 

Por fin: ¡la calle es mía! Y, si me doy prisa, el autobús también. ¡Qué lleno va por las mañanas! El día menos pensado revientan la suspensión y los neumáticos. Bueno, qué digo, los neumáticos no fallarán. ¿Este autobús usará neumáticos de caucho natural o sintético? Es increíble pensar que aún hoy se sigue usando el árbol de caucho para obtener goma en lugar del látex sintético. Ya lo hacían los Aztecas y los Mayas cuando Colón descubrió América. Y lo llamaban “caoutchouc”. Lo que demuestra que no solo nos llevamos oro, maíz, tomates… ¡También palabras! Fabricaban pelotas y zapatos de goma, además de impermeabilizar capas y abrigos con él.

 

 

 

 

 

 

 

La molécula que nos da el árbol del caucho se llama isopreno. Sola no hace mucho pero si reunimos un gran número -y las secamos- se forma la goma, que es una gran molécula formada por muchas unidades de isopreno y llamada, cómo no, poli-isopreno. Otra manera de verlo es que la goma es el “polímero” que obtenemos al unir muchos isoprenos, que son los “monómeros”.

Aunque no estoy siendo del todo riguroso diciendo que el caucho es lo que separa el autobús del asfalto. En realidad, la goma que usamos hoy día para las ruedas pasa por un proceso llamado vulcanización. Y tiene mucho que ver con el volcán al que nos recuerda su nombre.

Resulta que el Sr. Goodyear –sí, sí, el mismo de los neumáticos- inventó en 1839 la vulcanización. El problema de la goma natural es que no aguanta muy bien los cambios de temperatura. De hecho, se comporta como la goma de borrar de un lápiz: si la calientas, se vuelve más líquida; si la enfrías, se endurece y rompe con facilidad. De modo que Goodyear se embarcó en el proyecto de conseguir una goma más estable ante los cambios de temperatura. La vulcanización es una receta que consiste en coger el caucho, añadir azufre, óxido de plomo y calentar. El calor y el óxido de plomo hacen que el azufre ataque los dobles enlaces del carbono y se una a la molécula de isopreno. Luego los azufres se encargan de unir fuertemente los diferentes isoprenos entre sí. De esta manera, la goma de Goodyear ya no se derretía en los días calurosos, ni se ajaba en los fríos… ¡Mi parada! ¡Uff, casi me la paso!

 

 

 

 

 

 

 

En la imagen vemos una molécula de isopreno. El proceso de vulcanización consiste en que el azufre cree enlaces entre las diferentes moléculas de poli-isopreno. Esto se consigue deshaciendo los dobles enlaces del carbono y formando puentes entre las cadenas de isoprenos (en amarillo en la imagen).

Bueno, ahora todo habría de ser sencillo: saco el móvil, introduzco la dirección y me dejo guiar.

Es sorprendente pensar que hace pocos años vivíamos sin móviles… pero más sorprende pensar que ahora mismo no sé cómo me las ingeniaría para llegar a mi destino sin los mapas del teléfono.

 

 

 

 

 

 

 

Si llevas un móvil encima, estás localizado. Y no hace falta que lleves ningún GPS. En absoluto. El gran hermano de las compañías teléfonicas sabe, en todo momento, dónde te encuentras. El principio en el que se basan para encontrarte no es muy diferente del que los antiguos usaban para calcular la distancia de un barco a la costa: la triangulación. Tu móvil es un cacharro que envía y recibe ondas de radio de baja potencia. Estas señales van y vienen de las famosas –y odiadas sin motivo- antenas de telefonía móvil.

Para que funcione, necesitas estar al alcance de tres antenas. Tu móvil envía una señal que tarda más o menos tiempo en llegar a la antena dependiendo de lo lejos que te encuentres de ella. Como las ondas que emite tu teléfono viajan a una velocidad conocida:

Velocidad/tiempo= distancia

Las antenas de telefonía móvil son direccionales, es decir, saben con qué ángulo les llega una señal. Sin embargo, como el sistema no es muy preciso, los sistemas de localización emplean la intersección entre tres, o más, antenas para saber dónde te encuentras.

Vale, ahora imagínate que eres el móvil del dibujo. Las antenas en A y B saben a qué distancia estás de ellas. Luego, solo existen dos puntos que cumplan esa distancia a las dos antenas. Para saber cuál de los dos es el correcto, necesitas saber la distancia a otra antena más.

El punto donde se resuleve esa ecuación es tu posición actual.

Y, la mía, es que estoy perdido. No me aclaro. Le tendré que preguntar a alguien: ¡no es nada tecnológico pero lleva funcionando miles de años! Vamos a por esa chica…

 

 

 

 

 

 

 

¡Siempre igual! Soy incapaz de hablar con una mujer atractiva sin ponerme rojo como un tomate. Odio que me pase esto pero, ¿qué le voy a hacer? El pulso se me acelera, percibo ese sabor metálico en la boca y mis mejillas arden.

El sonrojo es una reacción curiosa. Cuando sientes vergüenza, tu cerebro activa el programa de huída o lucha que es, además de muy importante para la supervivencia de la especie, automático. Un torrente de adrenalina inunda tus vasos sanguíneos. Respiras más rápido y tu corazón se acelera, estás preparado para luchar. Tus pupilas se dilatan para que no pierdas detalle. Tu sistema digestivo se pone en pausa y todos los recursos energéticos van a los músculos. Oh, y te pones colorado, claro.

Este efecto, se debe a que las venas de la cara responden al mensaje de la adrenalina dilatándose. Pero, ¿por qué la cara? Lo cierto es que la mayoría de venas en nuestro cuerpo no reaccionan así, son las arterias las que se dilatan.

No hay una explicación definitiva sobre el por qué. Lo más probable es que sea una reacción que evolucionó con nuestros antepasados y que servía para comunicar la vergüenza, una emoción socialmente muy importante.

¡Como no me dé prisa, voy a tener otra ocasión ideal para seguir investigando la vergúenza porque voy a llegar tarde a la entrevista!

©Luis Quevedo, 2009
www.luisquevedo.org

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