Sobre el lujo, “On luxury”

Festín en la casa de Levi

Acabo de terminar la lectura de On Luxury, un ensayo histórico de William Howard Adams sobre el concepto de lujo desde la antigüedad clásica hasta casi nuestros días.

En él he aprendido que el concepto de la caída, de la degeneración de la sociedad ya está presente en Homero y Hesíodo. Es una idea que nos ha acompañado, probablemente, desde la noche de los tiempos. No la concepción moderna, histórica, de la degeneración sino la aversión a la innovación social, a lo extraño, a lo extraordinario. Mantener la cohesión social y un claro sistema de reglas o, al menos, de resolución de disputas fue esencial en el desarrollo de sociedades más allá del grupo familiar, más complejas.

La tensión entre el individuo y el grupo, entre mis intereses y los intereses comunes es, en mi opinión, el eje esencial, crítico de toda sociedad. Para negociar el muchas veces pequeño margen de maniobra que existe aparecieron mecanismos como la religión, con sus tabúes y reglas aparentemente aleatorios. Todas y todos llevamos unas pocas intuiciones morales codificadas en nuestros genes, pero la concreción de éstas en reglas, en comportamientos, en lo que nos es permitido o prohibido, depende de cada cultura. La separación del patrón de acción del grupo, de la moral del grupo, se ha visto siempre con pesar.

Pero en este caso hablamos de la concepción del lujo como algo espúreo, innecesario, excesivo y, claro, de la lacra moral que se le asocia. El libro trufado tanto de anécdotas como de referencias a los filósofos de la Grecia clásica -Sócrates, Platón, Aristóteles-, Romanos o los primeros cristianos y los colonos del Nuevo Mundo. Pero lo más interesante para mí es el poso que me deja su lectura: la idea clara de que la preocupación por el exceso ha sido una constante a lo largo de la historia -yo me aventuraría a decir que seguro en la prehistoria también- y que lo ha sido en un contexto doble, moral y económico. Moral por lo que ya he mencionado de la cohesión del grupo. Económico porque la laxitud y dejadez ha puesto en peligro los métodos de producción y el sustento de los grupos humanos.

El punto en el que aterriza el ensayo es, por último, también muy interesante: citando a Adam Smith, malentendido padre de la Mano Invisible que mueve el mercado. Smith escribe en su ensayo The Theory of Moral Sentiment [en Español aquí y en PDF en inglés aquí, no tiene derechos ya] sobre la necesidad de políticas públicas que expresen valores morales más allá de la búsqueda de beneficio del mercado, “humanidad, justicia, generosidad y vocación pública son cualidades muy útiles” en un mundo realmente civilizado.

El punto del autor es desapropiar a Smith de la pura y racional lógica del beneficio como último -y único- juez de las acciones del individuo en una sociedad moderna con una economía de mercado.

Esta tensión entre el yo y el nosotros es real e irreal al tiempo. El concepto que tenemos de nosotros, de nuestra biografía, psicología, personalidad, de los deseos, pulsiones, decisiones que nos conforman tiene una consistencia de espejismo. Es una ilusión útil e instrumental para que nuestro organismo sobreviva, para que un individuo inteligente aporte a un grupo de individuos inteligentes, creativos. Pero no por ello es más cierta. Sin renunciar a nuestra -transitoria, etérea- individualidad, la única vía hacia el futuro de la especie es, precisamente, darnos cuenta de que formamos parte del río de la humanidad. Somos uno de los hilos en el tapiz de la humanidad. Pequeño entre la multitud, sí, pero esencial para darle fuerza y solidez a la tela.

Sigamos tejiendo esta pieza.

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