Reflexiones en Israel: las condiciones para un buen vino

En los días que me esperan en Israel haré bien en observar detenidamente cómo funciona el país e investigar -al menos, preguntando a los participantes en la conferencia- sobre la real dimensión de la ciencia y la tecnología en este país de Medio Oriente.

En más de un sentido, Israel es un modelo para regiones como mi Cataluña natal: de relativo pequeño tamaño, con una voluntad de ser un comerciante cosmopolita mientras salvaguarda su cultura e identidad cultural y -ahí veremos si es posible- invirtiendo en cultura. Probablemente la lista de regiones, naciones o países que quisieran inspirarse en el modelo israelí sea -dejando de lado consideraciones pragmáticas- mucho mayor. Pero no la conozco y no me la voy a inventar porque poco aportaría a esta pequeña reflexión.

A ciegas. Ahora. Cuando todavía no he puesto ni un pie en Israel. El prejuicio con el que me dirijo al país es el que sigue: en una gran mayoría de formas culturales preferidas -por mí o por el canon occidental- la sobreabundancia, el protagonismo desproporcionado de nombres judíos es abrumadora. En literatura, música, artes plásticas, medicina, ciencia, filosofía, economía, política… En todo, me atrevería a decir, la presencia judía en la cultura occidental es exuberante. Al menos, repito, si se normaliza o tiene en cuenta el escaso porcentaje de la población de Occidente que ésta representa.

De nuevo con el Estado de Israel: el prejuicio con el que llegaré es que el material de partida era genuinamente bueno. Excelente. Sin entrar -porque no son estos lugar ni momento oportunos de hacerlo- en el por qué de esta histórica fertilidad cultural, lo cierto es que crear un Estado a partir de tan buen material lo coloca a uno en la ‘clase avanzada’ de las culturas. Poniéndolo en el contexto numérico y actual, las puntuaciones en desarrollo económico, alfabetización, número de startups, graduados universitarios o registro de patentes y progreso en áreas tan claves para el futuro inmediato como la energía solar, la optimización de recursos hídricos o defensa… En fin. Que lo mire uno por donde se proponga mirarlo, Israel pinta muy bien.

Por supuesto, siempre podremos girar unos cuantos grados nuestro cuello para fácilmente posar nuestras retinas sobre el enorme elefante de la militarización, la ocupación y el conflicto armado. Por supuesto.

La conclusión provisional de esta revisión de mis prejuicios a siete horas de aterrizar en Israel es la siguiente: para hacer el mejor vino se necesita una excelente viña con la capacidad de dar una gran uva y una tierra noble aunque no demasiado exuberante acompañada por una meteorología que, sin ahogar, aprete. La irregularidad del terreno, una cierta escasez de agua y maltrato de los elementos empujan a la creación del embriagador azúcar y demás fitoquímicos que saturarán el mosto y le darán su riqueza y opulencia posterior.

Por el mismo principio que que no hay arte -que sí artistas- interesante en tiempos de bonanza, Israel es un experimento en el que una parte de la humanidad se ha sometido voluntariamente a las condiciones que los más avezados viticultores saben resultarán en el mejor vino.

La próxima semana me la tomaré pues como una cata cultural, científica y etnográfica. Ojalá consiga comprender parte del secreto de esta cultura.

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