Paradoja temporal

Me voy a permitir una entrada que, aunque como todo lo que escribo participe de una cierta perspectiva evolutiva, puede parecer más propia de una bitácora-diario que de una bitácora-exploración. El tema es uno que me ocupa desde hace mucho tiempo pero que últimamente está adquiriendo las cualidades de uno de esos tonos agudos, taladrantes, que en ocasiones se instala en nuestro oído interno y nos arruina la existencia por completo. En fin, voy al grano: leer y el tiempo de lectura.

Con los años, poco a poco, he ido perdiendo la capacidad para transformar la materia cruda del tiempo -de ocio, de supuesto trabajo, de socialización- en tiempo de lectura. Siempre leí, mucho y todo. Era mi única adicción durante la infancia y adolescencia. Ya en la universidad, la lectura era mi manera de escapar del tedio de las clases o de la -voluntaria y ocasional- esclavitud del trabajo. Luego tuve la suerte de que leer formara parte de mi trabajo: primero con REDES y Punset, para quien seleccionaba y leía ensayos para cada programa de Televisión Española [¡esos eran los buenos tiempos en los que un grupo de #nerds cienciadictos se podían pasar horas infinitas masticando libros apasionantes para luego regurgitarlos en el pico abierto y fluorescente de la audiencia, todo a coste del erario público], luego en Tres14 y lo de los documentales ha sido un absoluto abuso literario.

Sin embargo -aquí llega el pero– desde que estoy más propiamente de periodista, no encuentro el momento con tanta facilidad. ¿Qué habrá cambiado? Achacarlo a leer para el trabajo ya ha quedado claro que no cuela conmigo. ¿Es, entonces, algo de la edad? O, mucho peor, ¿es culpa de Twitter, Facebook y, sí, claro, también de Tumblr que con su inagotable provisión de caracteres en discretos paquetes se han convertido en las verdaderas patatas chips de la literatura: malas para tu salud, ni siquiera tan satisfactorias pero que cuando haces pop, ya no hay stop?

¿Os pasa a vosotra/os también? Sé que no es nuevo, ya lo decía Nicholas G. Carr en su ensayo The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains pero admito que es la primera vez que esta tontería me dura tanto tiempo. Si, además, a eso le sumo las cada vez más apocalípticas conversaciones que estoy teniendo con tecnólogos como Jaron Lanier hace un par de semanas, con el hispano Ariel Coro o lecturas [porque algo sí que leo] como The Second Machine Age: Work, Progress, and Prosperity in a Time of Brilliant Technologies… en fin, empiezo a estar algo paranoico.

Para no sumirme en la depresión, acabo esto con una imagen de los ensayos que sí han caído en el último año, preparando mi segundo documental #BuscandoElFuturo

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