Okavango

El presente es, en cierto sentido, el desierto de la historia evolutiva. Un territorio donde tan solo nos quedan unos pocos y fragmentados fósiles con que saciar la sed de conocimiento. Ah, pero en este vasto desierto existe un oasis que se han mantenido hasta nuestros días. Es un lugar donde la Selección Natural apenas ha entrado en contacto con la humanidad. Me refiero al Delta del Okavango, el río que nace en Angola y “nunca encuentra el mar.”

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En el árido altiplano de Botswana, una infinita red de canales, islas y lagunas se extiende por más de 15.000 Km2, transformando las arenas del Kalahari en un opulento vergel. Hay tanta agua que incluso los leones se ven forzados a nadar para sobrevivir allí. En el laberinto de cañadas habitan hipopótamos y girabas, cocodrilos, águilas pescadoras, los leones pasados por agua claro y una infinidad de especies que comen o son comidas, se reproducen o no con éxito y, esto seguro, mueren allí.

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He pasado días -y noches- en aquel oasis salvaje y todavía hoy, tiempo después de haber cambiado el verde de las algas y el rugido de un gran felino por el gris del cemento y el ruido de los taxis neoyorquinos, no logro quitármelo de la cabeza. Aunque carezco de toda prueba científica, sí puedo compartir una intuición que tanto Eudald como yo tuvimos allí: como especie tenemos una conexión instintiva con un entorno tan similar al que condicionó nuestra evolución. Al menos una vez en la vida, tienes que visitar África y el Okavango.

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