Ni Aquiles, ni la tortuga. Estamos jodidos.

Más reflexiones sobre Israel. En esta ocasión, desde el avión de regreso: United 091. Doce horas tengo por delante -algo menos cuando escribo estas palabras- para reflexionar.

El concepto que me queda claro —> He descubierto que desconocía algo que jamás me había planteado antes. Cuando he pensado sobre el conflicto árabe-israelí en el pasado, implícitamente asumía que el pueblo israelí era totalmente diferente de los países y las gentes que lo rodean. A lo largo de los años he internalizado la singularidad de Israel al punto de hacerme perder una perspectiva esencial -sobre todo, teniendo en cuenta que me dedico a hacer documentales sobre historia, antropología, evolución-: las culturas de un mismo lugar tienden a tener mucho en común. Esto se debe a una combinación de dos factores. A saber, el **primero** es que a un medio ambiente similar se hallan, a través de los tiempos, soluciones similares. El **segundo** elemento es que los pueblos de una misma región es probable que compartan algo más que óptimas soluciones a problemas comunes, también compartirán Historia, e historias. Mitos fundacionales, amigos y némesis, etc. Narraciones y conceptos que moldean la arcilla social.

Todo esto me lleva a mi sorpresa de esta semana: que los israelíes son un pueblo, otro pueblo, de Oriente Medio. Con todo lo bueno -que es mucho- y lo malo que el estereotipo conlleva. El caos organizacional, cierta cabezonería, me han sorprendido. Los tenía idealizados porque los hacía receptores de una ininterrumpida cadena cultural que se extiende por miles de años en los que habrían podido hallar las mejores soluciones a los problemas humanos.

Además de ser un error de base -infantil- en mi pensamiento, es importante incorporar el hecho de que más años no proveen necesariamente la solución, ni siquiera una muy buena solución a los problemas de la humanidad.

Pensaba que quien más tiempo llevaba en la carrera más aventajado estaría. Creí intuirlo en herramientas sociales tan exquisitas como la celebración del *Yom Kippur*. Pero, como con Aquiles y la tortuga, es falsamente obvio que el que primero toma ventaja en la carrera llegará antes a la meta.

Si no es cuestión de tiempo, ¿podemos entonces conformarnos con *hacerlo bien* y esperar a que las semillas arraiguen y acaben por inundar el campo? La respuesta es un rotundo no. Y, sí, por supuesto que establecer la imposibilidad de esto que digo es absurdo. Tan absurdo como no reconocer que echarse y esperar dista mucho de ser una apuesta segura.

En otra etapa de mi vida ya me quedó claro que el dinero no se traduce necesariamente en mayor *fuerza* de humanización para el individuo: el dinero* y el acceso a la cultura y la educación que éste proporciona no implica tener la solución, no acerca a la *buena vida*. A juzgar por mi etapa estadounidense, en el conjunto de una sociedad que consideremos la más rica en términos económicos, tampoco funciona el mecanismo. Entonces ¿qué nos queda?

Estamos jodidos.

¿Cómo avanzar hacia la humanización de la especie? ¿Cómo ser un poco mejores, más humanos y más humanistas si **ni el tiempo ni la fuerza parecen resolver la ecuación**?

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