NEUROLEY>¡ORDEN “Y CIENCIA” EN LA SALA!

LOS NUEVOS Y SORPRENDENTES DESCUBRIMIENTOS QUE LOS NEUROCIENTÍFICOS ESTÁN LLEVANDO A CABO AMENAZAN CON AGITAR EL EDIFICIO LEGAL. PALABRAS COMO RESPONSABILIDAD O LIBRE ALBEDRÍO TIENEN NUEVO SIGNIFICADO BAJO LA LUZ IONIZANTE DE LOS CIENTÍFICOS. LA NUEVA DISCIPLINA DE LA “NEUROLEY” SE PROPONE EXPLORAR LOS EFECTOS QUE ESTOS DESCUBRIMIENTOS VAN A TENER SOBRE NUESTRAS VIDAS COMO CIUDADANOS.


-Señoría, llamo al estrado al doctor E.
Nos encontramos en un juzgado. En este preciso instante va a suceder algo que sentará un precedente histórico en la justicia de este país.
– Doctor, ¿puede decirle al jurado cuál es su especialidad y a qué se dedica?
– Estudié Medicina en Madrid y más tarde me especialicé en Neurología en Freiburg. Desde entonces me he dedicado a la investigación en el campo de la Psicología experimental. En particular, he intentado entender cómo funcionan los mecanismos cognitivos implicados en la elaboración y la detección de la mentira.
– ¿Se podría decir que es usted un experto en la Ciencia que hay detrás de la máquina de la verdad…, de los polígrafos?
– Sí, sí, no solo en la Ciencia, también en los propios aparatos. Podría decirse que soy una… una autoridad mundial en este campo.
– Bien, bien. El doctor E ha venido hoy aquí para demostrar, y repito, de-mos-trar, ante ustedes la inocencia de mi cliente, el Sr. K.
Antes de que acabe su intervención el abogado defensor, un murmullo, mezcla de sorpresa e indignación, inunda la sala.
– Silencio… ¡Silencio en la sala! ¿Qué es esto, letrado, quiere explicármelo?
– Señoría, mi cliente, el Sr. K, se sometió a una prueba experimental en el laboratorio del doctor con la que se puede asegurar si alguien está mintiendo o no. Estamos en disposición de probar que mi cliente no estaba enterado del desvío de fondos del que se le acusa.
– ¿Es eso cierto doctor?
– Verá, Sr. juez, el mes pasado mi grupo publicó nuestros resultados en una revista de gran prestigio internacional. Lo que hemos logrado es el equivalente científico de un mentalista. ¡Una máquina de la verdad totalmente a prueba de fallos!

Hasta aquí todo era imaginación, pero esta escena puede dejar de ser ciencia ficción en pocos año s. Los más recientes descubrimientos en el campo de la Neurociencia nos están acercando cada vez más a hacer realidad el sueño de muchos fiscales y no pocos cónyuges: ¡el detector de mentiras perfecto!
Pero no solo se podrá probar cuándo alguien está siendo sincero o no con nosotros. Sino que también ha dado lugar al nacimiento de una nueva disciplina llamada ‘Neurolaw’ (“Neuroley, en inglés), fruto del intenso intercambio que existe desde hace algunos años entre los expertos en imagen científica y los profesionales de la abogacía, deseosos de explorar nuevos caminos que conduzcan a la inocencia de sus clientes.
Todo empezó –científicamente hablando- hace más de un siglo, con un antropólogo francés. En el París de 1870, Paul Broca, armado de mucho ingenio y más de una docena de termómetros de mercurio, se propuso demostrar que cada parte del cerebro se encarga de una determinada función cognitiva. Es decir, que mientras una zona de la corteza se dedica a descifrar las formas y colores de lo que los ojos ven, otra se ocupa de procesar el tacto o el olor…
Broca había decidido ocuparse del lenguaje, y el escollo que debía superar era no poder “mirar” dentro del cráneo de sus pacientes mientras les pedía que resolvieran pequeños problemas lingüísticos. La solución: aplicar termómetros a diferentes partes del cráneo con la esperanza de descubrir incrementos de temperatura locales cuando los sujetos del experimento se devanaran los sesos buscando la respuesta. De la misma manera que los músculos se calientan al realizar un esfuerzo físico, Broca esperaba que la zona del cerebro que se estaba “esforzando” en resolver la tarea consumiera más energía –oxígeno y azúcar- y, en consecuencia, su temperatura se elevara.
El final de este primer capítulo de la historia es feliz. Broca localizó una pequeña zona situada aproximadamente sobre la sien izquierda que respondía como él había predicho. Hoy se la conoce como el área de Broca.
Aunque no faltó quien nunca creyó que estos experimentos sirvieran para nada. En 1955, el neurólogo William Landau desanimó a sus compañeros en la reunión anual de la Sociedad de Neurología Americana al decirles que intentar estudiar las funciones cerebrales basándose en el esfuerzo que hacía el cerebro era como “intentar averiguar qué hace una fábrica midiendo su consumo de agua y volumen de residuos”.
Desde el comentario de Landau ha llovido mucho. Hoy por hoy, el camino que abrió Broca nos promete llegar, algún día, a descifrar el código del cerebro. De hecho, la rápida evolución de las técnicas de imagen cerebral (con nombres tan extrañamente familiares como Electroencefalograma, CAT scan, Resonancia Magnética Nuclear) hubiera parecido ciencia ficción hace tan solo cincuenta años.
Sin embargo, no todo son buenas noticias. Los científicos se enfrentan a tremendos desafíos a la hora de intentar entender cómo funciona, realmente, el cerebro. Y_las técnicas que se usan hoy en día solo miden, de una manera indirecta, la actividad cerebral a través del consumo de oxígeno. Un problema que se torna más serio cuando pretendemos usar sus resultados ante un tribunal de justicia.
alegato científico Si el neurólogo que aparecía antes en nuestro juicio de ciencia ficción quisiera subir hoy día al estrado, se encontraría con que las técnicas que usamos, el PET-scan o la fMRI, no son suficientemente fiables.
Cuando en una de estas imágenes observamos el cerebro coloreado con una gama que va desde el blanco hasta el rojo, por ejemplo, lo que estamos viendo es solo una aproximación a la realidad que, además, depende de qué máquina y qué técnico hayan intervenido en su creación. Lawrence Tancredi, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York y autor de “When Law and Medicine Meet: A Cultural View”, explica que “el problema con estas imágenes es que el gradiente lo determina el técnico que está encargado del aspecto informático del PET-scan o del fMRI”. Ya que cada técnico puede calibrar la máquina de un modo diferente.

Pero, a pesar de este y otros problemas relacionados con la exactitud de la técnica, estas imágenes tienen un largo historial de apariciones en los tribunales.
Uno de los casos más famosos fue el de Bobby Joe Long. A mediados de los años noventa, el profesor Ruben Gur, psicólogo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pennsylvania, fue llamado como testigo experto en el caso de Long. La especialidad de Gur era el análisis de imagen PET y, para eso precisamente, lo habían llamado. El acusado, conocido como “el asesino de los clasificados”, se enfrentaba a la pena de muerte. Tras examinar las imágenes del cerebro del acusado, Gur testificó que la amígdala de Long había resultado seriamente dañada años atrás, antes de que Long iniciara la siniestra serie de asesinatos que lo hizo famoso, en un accidente de moto que lo dejó en coma. Long no se libró y sigue en el corredor de la muerte, pero el caso se hizo famoso. Desde entonces, Gur ha participado en multitud de juicios como testigo experto en este campo.
Aunque el problema más serio que plantean este y otros casos no es la exactitud del perito o testigo experto. Casos como el de Bobby Long nos hacen cuestionar la definición de responsabilidad y libre albedrío.
La ley supone que una persona es responsable de sus actos si puede distinguir racionalmente entre el bien y el mal, cuándo una acción es correcta y cuándo no lo es. Sin embargo, algunos neurocientíficos nos dicen que esa concepción ha quedado anticuada. Un individuo puede ser perfectamente racional y, sin embargo, ser incapaz de reprimirse. La parte del cerebro que se ocupa de ese juicio racional (principalmente los lóbulos prefrontales) no es la misma que desata la ira o el pánico (la amígdala, encargada de las respuestas emocionales como el miedo), que son las que conducen al acto criminal.
¿Qué hacer, pues, con el acusado? Encarcelarlo no cambiará su amígdala y devolverlo libre a la sociedad es impensable. El debate en el nuevo campo de la Neuroley parece decantarse por poner un mayor esfuerzo en la rehabilitación médica de estas personas. Una solución que, a día de hoy, es científica y económicamente difícil.
La reflexión sobre el Derecho y la Filosofía, a la luz de los más recientes avances de la Neurociencia, ha permitido resolver enigmas antiquísimos (¿Dónde están las diferentes funciones del cerebro? ¿Ser racional implica actuar en consecuencia?) o, al menos, empezar a hacerlo, y ha traído consigo multitud de nuevas preguntas que, con la ayuda de los científicos, se pretenden resolver.


Leer la mente

poder mental Mucho antes de que, en los años ochenta, Uri Geller saltara a la fama con sus supuestos poderes psíquicos, la telepatía ya formaba parte del imaginario popular. Aunque lo cierto es que esta nunca se había podido probar científicamente. No se había podido… hasta que llegaron Miguel Nicolelis y el año 2003.
El grupo de científicos dirigido por Nicolelis en la Universidad de Duke, en Virginia, Estados Unidos, consiguió algo que parecía magia: leer la mente de un mono.
Y como todo número de magia, tenía truco. En primer lugar, Nicolelis implantó multitud de electrodos en el cerebro de dos hembras, llamadas Aurora e Ivy. El objetivo de los científicos era monitorizar la actividad eléctrica de las neuronas motoras mientras las monas interactuaban con el control de un videojuego, un joystick. En una segunda fase, analizaron la ingente cantidad de datos recogida para, de algún modo, descifrar el código con el que las neuronas enviaban mensajes a los músculos del brazo. Luego, traducían estas señales en instrucciones que mandaban a un brazo robótico que, copiando los movimientos del simio, jugaba también al videojuego.
Por increíble que parezca, lo consiguieron y, por más increíble que parezca, el momento “mágico” del experimento no había llegado aún.
En una de las sesiones de entrenamiento, cuenta Nicolelis, una de las monas “se dio cuenta de repente de que no necesitaba mover su brazo, en absoluto. Los músculos de su brazo se detuvieron por completo, dejó reposar su extremidad en su costado y controló el brazo robótico
–que se encontraba tras una pared de vidrio, en frente de ella- usando solo su pensamiento”.
El equipo de Nicolelis no intentaba hacer magia, nada más lejos de la realidad. Su investigación estaba encaminada a ayudar a personas con discapacidades. Con la ayuda de futuras “neuro-prótesis”, muchas personas podrían disfrutar de una mejor calidad de vida, valerse un poco más por sí mismas. En palabras de Nicolelis, “esperamos que el cerebro (del paciente) se adapte a estas prótesis y las incorpore como si fueran sus propias extremidades. (…) Aún queda mucho trabajo, tanto en la Ciencia como en la Ingeniería implicadas, para desarrollar con esta tecnología dispositivos seguros que puedan ser usados por seres humanos”.

los ojos de la ciencia

ver el cerebro Aunque la aventura que nos ocupa hoy empezara con Paul Broca en el siglo XIX, el primer paso importante hacia las técnicas que hoy nos permiten ver el funcionamiento del cerebro lo dio Hans Berger en 1924. Berger usó un equipo de radio para amplificar las posibles ondas que emitiera el cerebro humano, ondas que no fueron otras que las de su jovencísimo hijo. El resultado de lo que había empezado como un experimento descabellado fue el descubrimiento de que grandes conjuntos de neuronas se activaban al unísono, emitiendo ondas de radio.
Los grandes avances en este campo tuvieron que esperar casi medio siglo hasta que, en 1970, apareció la Tomografía Axial Computerizada (CATscan, en sus siglas en inglés).
La idea central del CAT es realizar un gran número de radiografías de cortes del cuerpo del paciente que, más tarde, se unen mediante un ordenador. De este modo, se consigue una imagen en tres dimensiones del interior del organismo.
Pero si el resultado de un CAT scan es sorprendente, la fMRI (functional Magnetic Resonante Imaging o imagen por resonancia magnética funcional) nos permite ver cómo está funcionando el cerebro en tiempo real.
La fMRI aprovecha el hierro que da color rojo a nuestra sangre. Al poner al paciente en el interior de un gigantesco imán, un ordenador es capaz de detectar cómo las moléculas de metal vibran en el interior de nuestras células sanguíneas y dibuja un mapa tridimensional de lo que “ve”. No solo eso, también es capaz de distinguir las deformaciones que produce la hemoglobina con dióxido de carbono en el campo magnético que rodea los vasos sanguíneos. De esta manera, los investigadores pueden detectar las zonas del cerebro que están consumiendo mayor cantidad de oxígeno, es decir, que más se están esforzando.
Es, un siglo después, el sueño de Broca en versión de la Era de la Información.

©Luis Quevedo, 2009
www.luisquevedo.org

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