Las reglas del juego

Este el el primer artículo de una serie que publicando en el blog en los próximos meses y que recorre el camino hecho por Eudald Carbonell y yo mismo durante el rodaje de #BuscandoElFuturo, mi segundo documental que se estrenará en enero de 2015.

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Imagina la escena, un amanecer en lo que parece ser la costa. Unas rocas reciben el vaivén del suave oleaje. A excepción del agua sobre la piedra y una levísima brisa: completo silencio, no se oye nada. Y, de hecho, como no haya un movimiento tectónico o una erupción volcánica, no se oirá nada más por mucho tiempo. De hecho no hay nada capaz de oír todavía porque estamos viendo una imagen de hace 2.800 millones de años y entonces el mundo pertenecía a las bacterias. Estas piedras, grises, algo anodinas, sin marcas evidentes de inteligencia o vida, son el trabajo de estas bacterias y son también el primer paso de un viaje que iniciamos tú -lectora, lector- y yo. Un viaje al pasado, antes de que la Historia fuera ni siquiera un concepto. El viaje necesario que nos llevará a descubrir las claves del futuro de nuestra especie. [[MORE]]

Los estromatolitos -del griego στρώμα strōma = cama/alfombra y λίθο litho = piedra- representan los indicios más antiguos de vida en la Tierra que los científicos han descubierto. Aún hoy podemos ver algunas de éstas vivas en la Laguna de Bacalar, en México, y otros pocos lugares de la Tierra. Pero los de hace 2.800 millones de años están en Australia, en Warrawoona. En el tiempo en que estas rocas eran depositadas, molécula a molécula por bacterias pioneras en la aventura de la vida, nuestro planeta era un lugar muy distinto. El Sol brillaba un 25% menos que en la actualidad, la atmósfera no contenía apenas oxígeno libre y la actividad tectónica era febril. Solas, en grupo o formando parte de complejos biofilms, primitivas células sin núcleo constituían todo el menú de la vida hasta que un grupo de esas mismas bacterias empezó a realizar la fotosíntesis liberando oxígeno (O2) a la atmósfera. Un proceso que en millones de años transformaría el planeta, con ello forzaría a la vida a hallar nuevas estrategias y allanaría el camino para la aparición de las células con núcleo (los eucariotas, como tú o yo): plantas, hongos y animales.

Desde entonces y por la práctica totalidad de la biografía de la Tierra, las reglas del juego han sido muy, muy sencillas: dado que los organismos tienden a reproducirse sin límite y los recursos son escasos, “las variaciones [de estos organismos] favorables tenderían a ser preservadas, mientras que las desfavorables serían destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.” Esas eran las palabras de Charles Darwin, padre de la teoría de la evolución por selección natural.

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Ahora pulsamos el botón de fast forward y nos acercamos más al día de hoy, hasta hace unos 25 millones de años.

Cierra los ojos e imagina: el ruido de la lluvia torrencial que se ha descargado durante las últimas cuatro horas acaba de detenerse y los primeros pájaros empiezan a llenar el aire con su canto. Apenas unos segundos después, lo que había empezado con dos, tres animales a lo sumo, adquiere el volumen de una cadena de producción industrial: miles de pájaros e insectos saturan el oído con sus cantos, zumbidos, chasquidos… Estamos en lo que un día se llamará el Este de África, en un mundo en promedio 5º C más cálido y cubierto por un denso bosque tropical que se extendía por un bloque de tierra que hoy conocemos como África, parte de Europa y Asia. En este momento es cuando aparecen los primates que más tarde darán origen a nuestro linaje.

Poco a poco el clima cambió —lo único constante en la historia de nuestro planeta es el cambio— y las tupidas selvas irían secándose al quedar el agua atrapada en los crecientes casquetes polares. En ese ambiente de bosque y de enfriamiento planetario nuestros antepasados empezaron a usar sus dos patas traseras para caminar sobre las ramas de los árboles, y no sobre el suelo.

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EL ESLABÓN PERDIDO

¿Acaso pensabas que lo de “bipedestar” tenía algo que ver con el piso?

Porque, si es así, no pasa nada. Hasta hace relativamente poco tiempo, era la teoría más aceptada.

Todo empezó en los años 30 del siglo XX cuando Raymond Dart descubrió —o, describió— la especie Australopithecus africanus a partir de un fósil llamado “El niño de Taung”.

Aunque los restos se parecían menos a un humano actual que a un chimpancé y su cerebro no era mucho mayor que el de éste, algo convenció a Dart de haber hallado el eslabón perdido entre mono y hombre. Algo que la interpretación contemporánea del Darwinismo profetizaba.

Dart supo que “El niño de Taung” estaba en nuestro linaje por su foramen magnum, latinajo que nombra al agujero que tenemos en el cráneo y por el que el cerebro se transforma en médula espinal para abrazar el resto de nuestro organismo. Si a esto le añadimos que el fósil apareció no precisamente en un vergel sino un desierto rodeado de Sabana… la serie resultaba obvia:

1. ¿Dónde está el mono? En los árboles. ¿Cómo se desplaza? A cuatro patas, por las ramas, con el lomo horizontal.

2. ¿Dónde están el chimpancé -primate más parecido al hombre-? Entre árboles y suelo. ¿Cómo se desplaza? En cuatro patas aunque sobre los nudillos, es decir, semi-erecto.

3. Es el eslabón que nos falta.

4. ¿Dónde está el humano? En el suelo. ¿Cómo se desplaza? Sobre dos patas, erecto.

¿Cómo conecta los puntos el Australopithecus africanus? Redoble de tambor y… ¡Claro! Es como un chimpancé de aspecto algo más humano: erguido, más listo y menos bruto -por el menor tamaño de sus caninos-.

El problema con esta historia es que se escribió con cero genética y muchos menos fósiles de los que hoy tenemos. Hoy sabemos que los linajes Homo y Pan, humano y chimpancé, se separaron hace unos 6 millones de años y que ambos provenían de un antepasado cuadrúpedo. Nuestra familia se adaptó a bipedestar, la suya optó por apoyarse en los nudillos. Una no es consecuencia de la otra. Para probarlo tenemos fósiles como el Ardipithecus, parte de nuestra familia y no de la línea chimpancé, que podía caminar sobre dos patas y que habitaba los bosques tropicales de hace 6 millones de años.

Pero el caso es que tú y yo estamos o hemos estado en pie alguna vez. De modo que en algún momento alguno de nuestros antepasados se puso en pie en la sabana.

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Vamos a conocer a Lucy

Estamos en el valle del Rift hace, aproximadamente, 3.5 millones de años. El cielo está cubierto por un manto de ceniza que cae lentamente ayudado por las precipitaciones de la estación húmeda. Todo el valle queda envuelto en una fina capa de barro. En cuanto el volcán decide dar tregua, los animales aprovechan para salir a buscar comida, dejando un sinfín de huellas frescas. La paz es breve y de nuevo el aire se satura de ceniza y un nuevo manto cubre, para siempre, las pisadas que salpican el suelo. Sucesos como estos se han repetido innumerables veces en la historia del planeta.

Siendo observador, pueden descubrirse huellas de dinosaurio en rocas del Pirineo en el norte de Cataluña, España. Pero estas cenizas, en lo que ahora es Tanzania, hace 3.5 millones de años, cubrieron algo clave para nuestra historia. En palabras del arqueólogo y codirector del proyecto de investigación de la Sierra de Atapuerca, Eudald Carbonell, mientras me las mostraba en el rodaje de En Busca del Primer Europeo, “esta es la fosilización de la bipedestación de los homínidos”. Es decir, lo que puedes ver en la imagen son las huellas que dejaron tres homínidos que caminaban inequívocamente, humanamente, sobre dos patas.

Los científicos tienen un o, mejor, una sospechosa: Lucy, una Australopithecus afarensis. Dos pistas lo indican. Primera, los restos fósiles de Lucy son los de un bípedo -foramen magnum, etcétera.- Segunda, la datación por el método del Potasio/Argón indica que es contemporánea de las huellas.

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Pero nuestra historia no descansa. Al cabo de 1 millón de años, es decir, hace 2 millones de años desde el presente, aparecen dos nuevos protagonistas que tendrán destinos muy dispares. Si Lucy parecía un chimpancé erguido, de menor tamaño que los machos —lo que se llama dimorfismo sexual—, comía vegetales ocasionalmente un pedazo de roedor, los recién llegados se repartirán sus características: los robustos, como el Paranthropus boisei, semejaban gorilas bípedos con gran dimorfismo sexual y tenían una potente mandíbula que les permitía especializarse en comer raíces y frutos duros. En cambio, los gráciles como el Homo habilis tenían un menor tamaño, dimorfismo sexual y no se especializaron en comer nada sino más bien en comer cualquier cosa.

La selección natural —en forma de graves sequías que azotaron África— se cree que eliminó a los robustos que no superaron la escasez de alimento y favoreció a los gráciles, que no eran especialistas en nada. Aunque, en realidad, los habilinos sí eran especialistas en algo, en algo muy importante para nuestra historia. Homo habilis significa “Hombre hábil”, y este nombre no es gratuito. Son los primeros integrantes de nuestro género, todos Homo, ellos habilis y nosotros sapiens. Y lo son porque construían herramientas, cantidades ingentes de herramientas con las que —y esta era su especialización— eran capaces de carroñear grandes herbívoros que no entraron jamás en la dieta de los robustos. La carne tiene dos grandes ventajas: aporta grandes cantidades de proteínas, grasas y energía y es más fácil de digerir que los vegetales. Así que, lo que los robustos gastaban en mantener su gran intestino para dar cuenta de vegetales, los habilinos lo ahorraban y la diferencia la invirtieron en cerebro, siendo la primera especie que tiene una capacidad craneal —600cc— mucho mayor que los 350cc de los chimpancés actuales.

Desde el origen de la vida en la Tierra, hace aproximadamente 3.500 millones de años, las reglas del juego han sido claras: la selección natural ha sido la jueza suprema de la evolución.

Este proceso es el que responsable de la increíble variedad y belleza de los millones de formas de vida, presentes o extintas ya, en el planeta. Pero la historia de los habilis esconde un verdadero punto de inflexión en la historia de la vida. El uso y fabricación sistemática de herramientas es, seguramente, la característica que mejor define a nuestro género, el género Homo. Aunque otras especies, como algunos primates superiores o los interesantes cuervos de Nueva Caledonia, han mostrado sorprendentes aptitudes para el manejo e incluso la fabricación de herramientas, lo cierto es que no puede compararse con las enormes cantidades  de restos arqueológicos que nos dejó el primer —o uno de los primeros— integrante de nuestra familia, el Homo habilis. La historia de cómo nuestro linaje evolucionó, desde un primate que tanteaba el suelo extraño de las sabanas africanas, hasta la especie que ha colocado robots en Marte o una nave fuera del Sistema Solar, es bien conocida y responde a un proceso básico de retroalimentación, parafraseando al gran Eudald Carbonell: “erguirse sobre dos patas, fabricar herramientas con los miembros ahora libres, obtener carne con la que alimentar un cerebro creciente que ayudará a fabricar más y mejores herramientas… y vuelta a empezar.”

Este feedback, este circuito de retroalimentación fue un verdadero punto de inflexión en la historia de la vida y la evolución en nuestro planeta. Con cada nueva generación de Homos la selección natural fue cediendo, poco a poco, la batuta a una nueva versión de sí misma, la selección cultural.

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Este el el primer artículo de una serie que publicando en el blog en los próximos meses y que recorre el camino hecho por Eudald Carbonell y yo mismo durante el rodaje de #BuscandoElFuturo, mi segundo documental que se estrenará en enero de 2015.

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