Justificación del perro verde, es decir, Atapuerca

Atapuerca es para mí el lugar más importante de la Península Ibérica. Mucho más que Madrid o Sevilla, Barcelona, A Coruña o la ciudad o lugar que usted prefiera. Mis motivos son diversos. El primero es que Atapuerca es un proyecto científico levantado desde cero en, como dijo Goytisolo, ‘un tiempo que fue tuyo y que ahora no reconocerías’. Cuando la minería y el ferrocarril necesitaron de una trinchera para llevar recursos extraídos de la tierra hacia el norte, el descubrimiento de las primeras pistas sobre el verdadero valor y pasado de aquella sierra podrían haber quedado en nada. O, peor, podrían haber seguido la férrea dirección del carbón hacia el norte y acabar siendo un yacimiento, importante sí, pero explotado sin beneficio local más allá de los servicios necesarios para llevar a cabo la operación. El trabajo de Emiliano, el de Juan Luis, José María y Eudald, el de tantas y tantos de los que han pasado semanas bajo el duro sol del verano excavando u horas en una visita que, con fortuna, habrá cambiado su idea de su posición en la gran Historia del planeta, han logrado mucho más.

Hoy Atapuerca es un nombre reconocido en el mundo entero. Es más, reconocido y admirado científicamente. En mi pequeña experiencia personal, no dejo de sorprenderme cuando en lugares recónditos de EEUU sale el tema de ‘En busca del primer europeo’, el documental que hice junto a Eudald hace unos años, y ambos nombres son en seguida reconocidos. El proyecto Atapuerca ha invertido la lógica del colonialismo científico que, más allá de cuestiones nacionalistas, difícilmente crea una escuela científica tan potente como la que ha medrado alrededor la trinchera y ha enriquecido al país con la formación de mentes científicas y críticas locales y con la atracción de otras extranjeras de primer nivel.
Sin embargo, el valor profundo de Atapuerca va, para mí, mucho más allá de su realidad científica pasada o actual. Creo que esa catedral de la Historia natural es un lugar mágico -la ‘montaña mágica’ ha sido llamada- y privilegiado que nos permite reflexionar sobre nuestra condición humana. En pie sobre la antigua trinchera, uno puede superponer mentalmente, como si se tratara de hojas de papel de cebolla, viñetas prehistóricas que recapitulan la casi totalidad de la saga humana. Desde la llegada de los primeros homínidos europeos con el Homo antecessor, al oscuro misterio de la Sima de los Huesos y la invención del más allá y el simbolismo o los pueblos que primero cultivaron el cereal en este mar de Castilla. Todos hablaron de uno u otro modo, aunque en ninguna de nuestras lenguas. Todos tuvieron creencias de algún tipo por las que darían la vida, hoy no queda nadie que las recuerde. Nuestro aspecto ha cambiado tremendamente y, sin embargo, hay fósiles que delatan rasgos, costumbres que han sobrevivido al paso del tiempo y nos acercan a la esencia de lo que nos hizo humanos. Mario Benedetti dijo una vez que ‘debe haber pocas cosas en el mundo
con menos osadía que un espejo’ y, sin embargo, yo creo que Atapuerca es el espejo más osado en el que tenemos la fortuna de poder observar nuestro reflejo.

Esta pieza apareció primero en el Diario de Atapuerca, gracias a la idea de la amiga Susana Sarmiento 😉

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