Las raíces del ‘que inventen ellos’. Una conversación con Andrés Oppenheimer

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Miguel de Unamuno

Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.

Estas son las palabras que Miguel de Unamuno pronunciaba por boca de Román en ‘El pórtico del templo’, en 1906. Aunque sea cierto, entonces y ahora, que el filamento incandescente no ajusta su resplandor por motivos patrióticos, a Unamuno se le escapó que, si me permiten estirar un poco más la metáfora, la electricidad que lo alimenta sí entiende de fronteras y, sobre todo, de patentes.

En el siglo que media entre las palabras de Unamuno y las de Andrés Oppenheimer la economía agrícola que sostenía a España y a buena parte del mundo se ha transformado en una basta red de relaciones productivas en las que comida y materias primas tienen una importancia disminuida. Hoy es más rica la nación que vende lámparas LED, aunque no las fabrique ni disponga de los materiales para confeccionarlas, que la que se ve -bajo la idéntica afilada y sostenible luz- resignada a comprarlas. El debate entre el africanismo y el europeísmo, quedó zanjado hace tiempo y nuestra cultura quedó resignada al banquillo.

En un artículo anterior repasé -parte de- la revolución de internet contada por Walter Isaacson en ‘Los innovadores: Los genios que inventaron el futuro’. En aquel ensayo podemos encontrar las claves del éxito anglosajón y, sobre todo, estadounidense en el s.XXI. Una historia que, aunque hace las delicias de cualquier aficionado a la tecnología, en tanto que no anglosajón, tiene la facultad de dejarlo a uno ‘a medias’. No hay ni una sola historia o personaje en clave hispánica.

¿Por qué nosotros no? ¿Acaso el africanismo ganó no sólo en España sino también en todos los territorios de lengua castellana? O, en palabras del célebre periodista argentino, ‘¿por qué en América Latina o España, a pesar del talento obvio que producimos, no  estamos produciendo un sólo Jobs, un Gates, un Zuckerberg?’

Oppenheimer decidió embarcarse en un viaje homérico en busca de la respuesta o respuestas a este enigma cinco años atrás. Cinco años para cinco ‘claves de la innovación’. Un tiempo en que ha conversado con multitud de innovadores en América, Europa y Asia. Por supuesto, los sospechosos habituales han pasado por el examen: profesores de augustas universidades norteamericanas, rebeldes multimillonarios o genios de la tecnología de insultante precocidad. Lo más interesante del camino recorrido por Oppenheimer, sin embargo, otra cosa. El autor decidió deambular por derroteros harto menos obvios en su viaje: los de los innovadores que lo son a secas, los que no tienen una estricta relación con el mundo de las ‘start-ups’ y el capital riesgo. El análisis de estas biografías -ahora sí, hispanos en buena proporción- desvela algunas claves de la ‘esperanza’ para la innovación en nuestras tierras.

Sorprende, aunque quizás no debería, que los argumentos clásicos que han querido explicar la falta de emprendimiento e innovación  son desestimados desde las primeras páginas. A saber, una sobreabundancia de pasos necesarios para arrancar una empresa es necesaria para entorpecer la innovación, pero no suficiente. ‘Hay países como Venezuela donde tienes que hacer 17 trámites legales que toman más de año para abrir una empresa en el garage de tu casa’ dice Oppenheimer a EL MUNDO. Esta cantidad de trámites es ‘una invitación a la corrupción porque tienes que pagarle a cada inspector una comisión para acelerar el trámite, por supuesto esto traba la innovación’ y, sin embargo, ‘la mayoría de los países ya lo han superado: México, Chile, Colombia, han hecho muchas cosas para reducir los trámites y […] seguimos sin producir un innovador de talla universal”.

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Andrés Oppenheimer

Pero tal vez no sea el entremetimiento del Estado sino su ausencia. Más dinero público en centros de investigación y parques científicos que funcionen a modo de estuario, facilitando la mezcla de aguas académicas y empresariales ha sido una de las soluciones más veces propuestas, llevadas a cabo y olvidadas. Según Oppenheimer ‘la mayoría de nuestros presidentes piensan que la innovación es inaugurar un parque tecnológico. Cortar la cinta y salir en la foto […] llegamos a cosas tan ridículas como el Presidente de Ecuador que se está gastando 1.200 millones de dólares en una ciudad del saber que supuestamente va a producir grandes inventos tecnológicos pero que es un mausoleo al ego presidencial. La innovación no surge de los edificios […] no es un proyecto inmobiliario.’

Por último, nos queda el argumento étnico y religioso como lo entendiera el sociólogo alemán, Max Weber en uno de los ensayos más influyentes de la historia de la disciplina, ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’. Juan José Rivas Moreno, en un reciente artículo publicado en este periódico, lo explicaba así ‘En su ensayo, [Weber] sugirió que el nacimiento del capitalismo – y por extensión de lo que hoy entendemos por “modernidad” – había sido posible en Europa debido al componente exclusivamente racional de la religión protestante. Según Weber, todas las demás religiones tenían un componente místico / mágico que impedía la completa realización de los intereses comerciales.’ Weber quiso explicar la excepcionalidad europea ‘que había hecho posible el nacimiento y la expansión del modelo de producción capitalista, centrando su investigación en las diferencias culturales y religiosas entre’ Oriente y Occidente, prosigue Rivas Moreno. La teoría de Weber ha sido y sigue siendo contestada y el momento presente parece negarlo pues el cambio -muy rápido, además- es posible: ‘Se puede cambiar muy fácil. Países asiáticos como Singapur o Corea del Sur registran diez veces más patentes que América Latina [y] hace 40 años eran más pobres que los nuestros’ dice Oppenheimer.

Entonces, ¿cómo consiguieron cambiar su cultura, simplificar su burocracia y estimular el emprendimiento para que floreciera la innovación? Según Oppenheimer hay un elemento clave: para cultivar el éxito hay que aprender a amar el fracaso.

‘Cuando fui a Silicon Valley me sorprendió la naturalidad, la frescura, con que la gente habla de sus fracasos. En un cocktail hablando con jóvenes, éstos respondían ‘bueno, yo empecé tres startups, me fueron mal y fracasé, pero ahora estoy en una cuarta donde me va a ir muy bien’ […] La gente se ufana de sus fracasos porque sabe que toda innovación es el resultado de una larga cadena de fracasos.’

¿No lo creen? Tomen nota. La bombilla eléctrica que tan indiferente dejaba a nuestro Unamuno obsesionó a Thomas Alba Edison lo suficiente como para realizar mil prototipos antes de obtener un viable. El primer vuelo en avión de los hermanos Wright fue el resultado de 163 fallos previos. Henry Ford llamó al Modelo T así porque falló, si bien no todas como dice el mito, si buena parte de las letras que en el alfabeto preceden a la T, antes de conseguir el producto que inspiraría a John Steinbeck a escribir que ‘dos generaciones de americanos supieron más de la bobina del Ford que del clítoris, más del sistema planetario de engranajes que del solar de estrellas.’

En opinión de Oppenheimer, ’tenemos que crear una cultura de veneración por los innovadores. En nuestros países veneramos a los futbolistas, los cantantes de rock o los actores […] tienes 10 millones de jóvenes que quieren ser como James pero no como el último Premio Nobel de física.”

Tres notas positivas antes de terminar. La primera es que la selección de biografías -la del científico español e ideólogo del proyecto BRAIN de Obama, Rafael Yuste; la del ex técnico de aquel Barça imparable, Pep Guardiola; y sobre todo la del cocinero Gastón Acurio y su apuesta por la cocina peruana que ha creado una nueva industria millonaria en su país- ofrece un arco iris de roles, de proyectos que demuestran lo que, para Oppenheimer, debería ser el carácter innovador al que aspiramos. Lo segundo es que en los tiempos que corren no sólo es el profeta quien va a la montaña, sino que las grandes empresas se desplazan en busca de la gente con más potencial para innovar y ésta se concentra en lugares culturalmente atractivos que no necesariamente están en los actuales polos de innovación. Algo que para Oppenheimer es una invitación abierta a ciudades de todo el mundo y en particular las de Iberoamérica para explotar su potencial como atractores de lo que el economista Richard Florida llamara la ‘clase creativa’. Por último, dosis extra de prestigio que consiste en educación, premios, concursos y -en un ejercicio de contorsionismo intelectual no exento de virtud- reetiquetar a los ‘cerebros fugados’ como ‘exportación de talento’ y ver en la diáspora de la élite creativa nacional una inversión en lugar de un simple gasto. Eso y algo de paciencia, por supuesto.

 

Esta es la versión original, sin editar, de la pieza que escribí para EL MUNDO tras conversar con autor de ¡Crear o morir!: La esperanza de Latinoamérica y las cinco claves de la innovación, el célebre periodista del Miami Herald Andrés Oppenheimer.

Crear o morir: (Si lo compráis con este enlace, me llega una infinitesimal comisión. Gracias)

De las claves para la innovación que el autor destaca en su libro, me quedo con el amor y el aprecio por el fracaso. Por amar los errores y aprender de ellos. Me quedo con lo que me dijera Neil deGrasse Tyson al respecto ‘cuando dejas de cometer errores, es que ya no estás en la frontera de la exploración’ y lejos de la frontera, no hay innovación ni progreso posibles.

 

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