El selfie de Galileo

Acabo de darme un atracón de buenas ideas. Un entrante de efecto 2000 y el expolio napoleónico y postre con política española todavía caliente. El menú incluyó historia de la ciencia, nuevas tecnologías y cómo el arquetipo del rebelde -entonces, Galielo, ahora, Assange- guía a la sociedad en el camino del progreso. Pero, más importante todavía, es la reflexión sobre qué tipo de progreso y para beneficio de quién: el incremento de la riqueza sin su redistribución es una esperanza baldía para muchos en la coyuntura presente. Nos recuerda Carlos Elías, autor de ‘El selfie de Galileo. Software social, político e intelectual del siglo XXI, que la Revolución Francesa no se tradujo en inmediato bienestar para una mayoría de sus impulsores. ¿A quién beneficia la transformación digital de grandes sectores de la economía, esa ‘carrera contra la máquina’ que jibariza a la clase media y concentra riquezas desmesuradas en los bolsillos digitales de los llamados ’servidores sirena’? Ante el agobio y la hiperventilación, recordemos que tampoco la revolución industrial trajo mucho para las clases más humildes que se vieron abocados al luddismo ante el inminente colapso de su sustento en la industria textil gracias a la máquina de vapor y el telar mecánico. Un tiempo después, sin embargo, estuvimos mucho mejor.

En el esayo Elías analiza primero la psicología de las revoluciones tecnológicas y la de sus protagonistas. Galileo está en el título y en buena parte del texto como encarnación de la idea platónico de rebelde con causa que Occidente ha encumbrado a lo largo de su historia -piensen sino en Jesús de Nazaret o, el modelo original para el arquetipo, el ateniense Sócrates, y su más reciente encarnación, Julian Assange-.

Lo que estos personajes tienen en común es la excelencia intelectual, incorruptibilidad y, sub specie aeternatis, la razón. Todos son personajes que se han encarnado ideales para Occidente. Ideales a entretener en ensayos o explotar en películas pero escasamente emulados por el ciudadano de a pie -probablemente porque, siguiendo el adagio orteguiano, ellos sólo pudieron ser ellos gracias a la adición de su circunstancia, que no es la de todos: genética, alcurnia, educación y otros procesos escolásticos-.

Estas antorchas del progreso humano han facilitado la transformación del software social: el conjunto de algoritmos por el que una sociedad se rije. Creo que el autor no lo expresa así en el texto pero es mi interpretación del mismo, de uno u otro modo, Galileo, Jesús o Assange, han sido o están siendo los programadores -los ‘hackers’- de una nueva sociedad.

El el caso de Galileo, la historia es bien conocida: el primer científico, el apócrifo ‘eppur si muove’, la Inquisición y el inevitable triunfo final del racionalismo y el Universo heliocéntrico. En el caso de Assange, el nuevo ciberactivismo y lo que Elías llama la ‘ciberrealidad’ que es el resultado de la suma de nuestras acciones e interacciones en el mundo tal cual es y el anteriormente conocido como virtual. Esa ciberrealidad que hace posible fenómenos como Anonymous o las revelaciones de Chelsea Manning, la primavera árabe o Wikileaks es el elemento definitorio de la era en la que nos estamos andetrando, según el autor.

Una era en la que nos adentramos algunos y no todos. Éste no es país para viejos pero, a diferencia de la película, no lo es por la dureza de un territorio por explorar o conquistar sino, al contrario, porque nos hallamos en mitad de la decadencia de un continente vastamente examinado y explotado por la generación que nos precede: aquellos que con sólo terminar sus estudios en los 70 y 80 tenían garantizado un lugar económicamente provechoso en la sociedad.

El selfie de Galileo, si no fuera por su tono reflexivo, me sentiría tentado de tildarlo de manifiesto por la generación de millenials -sobre todo, españoles- pero Elías es más inteligente que eso, y ha escrito un ensayo ambicioso, vasto y minucioso en los detalles. Nada de lírica: datos, historia y muchas fuentes.

Desde Galileo hasta el 15M y la Spanish revolution. Un texto ambicioso y que, al menos a mí, me ha obligado a tomar notas, pausas reflexivas y cuestionar muchas de las cosas que creí saber sobre el mundo en caótica transformación en el que habito.

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