El eslabón perdido, perdido.

“Para mí Orrorin a día de hoy sería [el] eslabón perdido, porque es una forma […] intermedia entre simios fósiles y australopitécidos”, dice Sergio Almécija. Doblemente, añadiría yo, porque Orrorin es un eslabón perdido, perdido.

Cuando Sergio me lo contó no podía creerlo: “El problema con Orrorin, es que […] nadie sabe dónde está.”

Brigitte Senut y Martin Pickford, sus descubridores, trabajan en el CNRS francés y no colaboraban con el Kenyan National Museum, la autoridad de referencia y que controla el patrimonio arqueológico keniata, sino que estaban desarrollando una alternativa local para la zona donde fue encontrado el fósil. De esta manera favorecerían el desarrollo de un museo allí y animarían la economía de la región. Los rumores dicen que los investigadores y la autoridad local tuvieron un desencuentro y, desde entonces, nadie sabe lo que el responsable del museo local hizo con los fósiles. “Si tú quieres ver estos fósiles, no podrías porque ni los franceses que lo encontraron saben dónde están ahora mismo” y solo “gracias a que los escasearon e hicieron copias, gente como yo ha podido estudiarlos”. De no ser así, uno de los eslabones más importantes de nuestra historia, se habría perdido para siempre.

*Esto es un retal de un artículo en la serie sobre la evolución biológica y cultural que estoy publicando en QUO México y que iré ampliando en este blog en los próximos meses.

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