La civilización y la posibilidad del otro

Caminando por las calles de la Gran Manzana uno se da cuenta de la enormidad de la masa humana que aquí se cruza. Millones de personas de todos los colores, credos y nacionalidades. Cientos de lenguas y costumbres conviven gracias a algo que sólo sé definir como civismo -palabra que proviene del latín civis, ciudadano y civitas, civitatis, ciudad- en castellano y según el diccionario de la RAE tiene por sinónimo urbanidad y se refiere al “comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública.

Sin embargo, cuando los antropólogos se han adentrado en las tupidas selvas de la Amazonía o de Papúa Nueva Guinea, los relatos que han traído de vuelta son de violencia. O puede que tus gustos literarios te hayan llevado por el camino de Rosseau y el buen salvaje pero lo cierto es que la mayoría y mejor ciencia apunta a lo contrario. Aquí hay una magnífica discusión del archifamoso antropólogo y autor Jared Diamond con ocasión de una bronca sobre la validez del mito del buen salvaje que no sólo no tiene desperdicio sino que, además, tiene la virtud de ser breve y concisa. [Por cierto, si queréis una visión más ponderada del asunto, en esta pieza de The Guardian dan las dos versiones de la disputa.] En otro trabajo reciente del psicólogo de Harvard, Steven Pinker, The Better Angels of our Nature [Viking], el autor dice que el coste en vidas de la violencia tribal era “nueve veces más mortal que las guerras y genocidios del s. XX.”

¿Qué media entre la ruda existencia de la tribu -o la brutal supervivencia en la Europa medieval- y la tranquilidad con la que -casi- cualquiera puede pasearse por las calles de una ciudad occidental moderna? En la que me ha adoptado, eso incluye a cualquier persona en cualquier estado, vestimenta y actitud imaginable. En Nueva York sólo los turistas se giran para ver y comentar a un vecino que corre por las noches en el Upper east Side con un body de lycra, medias de rejilla y zapatillas de deporte, of course.

Hace poco leía un artículo en el que unos investigadores describían a un grupo de delfines de varias especies que colaboraba en la caza, el juego e, incluso, la crianza de los pequeños. Era un grupo en las Bahamas, con delfines atlánticos moteados y nariz de botella -o Tursiops- y, aunque no es la primera vez que se observa una conducta similar, anteriormente no ha pasado de ser algo anecdótico. El artículo original está aquí –> Long-term interspecies association patterns of Atlantic bottlenose dolphins,Tursiops truncatus, and Atlantic spotted dolphins, Stenella frontalis, in the Bahamas

Una de las innumerables discusiones sobre la civilización con Eudald Carbonell en el rodaje de 'En busca del futuro perdido'. Aquí estamos en Dzibanché, Quitana Róo, México.
Una de las innumerables discusiones sobre la civilización con Eudald Carbonell en el rodaje de ‘En busca del futuro perdido’. Aquí estamos en Dzibanché, Quitana Róo, México.

Me sorprendió porque, más allá de los primates, no se han observado casos de colaboración -que no simbiosis, comensalismo, etc.- entre diferentes especies. Corregidme, por favor, si me equivoco aquí. Con mi segundo documental terminado y a la espera de su estreno el próximo enero en TVE, estoy repasando estos meses -años- de leer, pensar y conversar sobre lo que nos llevó desde el grupo, el clan y la caza-recolección a ocupar todos los rincones del planeta en un tiempo geológica, sí, pero sobre todo biológicamente fugaz.

La capacidad de colaborar más allá del grupo familiar, cultura o étnico, seguro jugó un papel fundamental. Nueva York y sus calles. Nueva York y sus gentes. Sinécdoque de la saga humana. Son metáfora y representación de lo que nos hizo humanos.

 

 

Comentarios

tu texto...

Deja un comentario